Desigualdad “Calva”

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Por: Juan José Lafaurie Cabal.

La discusión acerca de la desigualdad está lejos de un consenso. Sin embargo, asegurar que nuestras opiniones en redes sociales sean máximas vinculantes a un debate político, jurídico, económico y filosófico tan extenso, demuestra la animadversión del respondiente, más que un claro análisis alejado de prejuicios.

La confusión que observo en muchos interlocutores del “igualitarismo” se divide en dos: la falacia de la cantidad fija y el dominado “dogma de Montaigne”.

La primera, parte de la idea que la riqueza es un recurso finito, como una olla de sopa que debe repartirse en un juego de ganancia cero; donde darle más a uno, condiciona a que el otro recibiera menos. ¡Todo lo contrario! La riqueza es consecuencia de la creatividad, el ensayo y error de la función empresarial y el trabajo humano, que viene incrementando la riqueza en el mundo desde la revolución industrial.

La desigualdad no es censurable per se —salvo casos excepcionales—, si una persona cuenta con buenos ingresos, una vida plena, salud, acceso a bienes de primera necesidad, ¿Qué importa si su vecino tiene una casa más grande o un auto mejor? Lo verdaderamente preocupante es la pobreza, la inexistencia de un piso mínimo o un marco adecuado y justo.

La segunda -dogma de Montaigne- es una de las ideas más equivocadas e influyentes de nuestro siglo, la cual parte de que “la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos” y de que “no se saca provecho para uno, sin perjuicio para otro”. De ahí la idea de que el Estado debe corregir dichas “distorsiones económicas”.

Entre quien tiene $100 millones y el que tiene $101 millones, hay desigualdad, entre el que me lee y el que escribe, la hay también, entre el que me debate y yo, la hay, la desigualdad existe siempre y en todos los aspectos, por eso, lo importante no es la desigualdad, esta siempre va a existir; lo importante es la pobreza, problemática que debemos afrontar como sociedad, pero dejémonos de discursos vacíos, la desigualdad no es la que no permite a las personas ir a una buena universidad, tener buena formación y demás. La verdadera barrera, es la pobreza.

Para Milton & Rose Friedman, son nuestras decisiones sobre cómo hacer uso de los recursos lo que define nuestra vida, si trabajamos o preferimos relajarnos, si aceptamos un trabajo u otro, si nos enrolamos en una aventura y no en otra, si ahorramos o gastamos, en fin; éstas opciones pueden determinar que dilapidemos nuestros recursos o que los incrementemos y mejoremos.

El desarrollo de nuestras habilidades, la disciplina con la que hacemos ciertas artes, son decisiones que nos permiten aportar a nuestro capital humano y que el mercado nos premie por ello.

Respecto a la meritocracia: ¿Acaso es injusto que los padres le transfieran sus ventajas adquiridas con el fruto de su trabajo a sus hijos? ¡Claro que no es injusto! Esta segunda generación (hijos de los que empezaron desde cero) viene posterior de una “tabula rasa”, pero resultado de un “juego” completamente justo. Lo que sí es indeseable es la igualdad de oportunidades ad infinitum.

Básicamente, que todos “partamos del mismo punto”, es una interpretación algo lejana de la realidad. Tendríamos entonces que tener un Estado centralizado cuya función pase de establecer un marco jurídico justo a juzgar y otorgar por “méritos” las oportunidades.

Nuestro sistema no es perfecto. Hay problemas estructurales que dificultan la movilidad social. Podemos construir un país más justo, pero para eso NO es imperativo que un tirano reparta a su criterio el ingreso de cada uno; lo que sí es imperativo es que las reglas del juego sean justas y respetuosas con nuestros derechos naturales, que el marco jurídico en que estamos los colombianos permita que todos salgan de la pobreza, que los que no tienen nada tengan algo, que los que tiene poco tengan más y que los que tengan mucho tengan mucho más, porque el problema no es la desigualdad, es la pobreza.

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